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Intervención de la presidenta del Congreso , Meritxell Batet, en la presentación del "Informe sobre democracia en España 2021. El país frente al espejo"

21 julio 2022

El informe sobre la democracia en España de la Fundación Alternativas y del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales ya se ha convertido en un instrumento imprescindible de seguimiento y valoración de la calidad democrática en nuestro país. Son ya 15 ediciones, lo que tiene una extraordinaria virtud, pues permite ir comprobando la evolución de nuestra democracia en sus diversas facetas, examinando no sólo la fotografía de un momento o datos aislados, sino la trayectoria recorrida, las dinámicas existentes y las tendencias estructurales de nuestro sistema democrático. Enhorabuena a todos los que lo hacéis posible.

El Informe de 2021 que hoy se presenta confirma el buen estado de la democracia española, del respeto a los derechos de los ciudadanos, de la capacidad representativa de nuestro sistema electoral e institucional, de la gobernabilidad y de la rendición de cuentas. La crisis del coronavirus, según el informe, no ha supuesto una merma de la calidad de la democracia española. No al menos de manera significativa. Así como ha habido países en el mundo donde la crisis sanitaria, económica y social sí ha supuesto una crisis institucional inmediata y ha puesto en jaque algunas democracias incipientes, está claro que nuestra democracia tiene un recorrido y una solidez que han hecho que esta crisis no la haya puesto en duda de manera significativa.

Sin embargo, también se atisba una aparente contradicción: mientras el índice de calidad democrática se sitúa en 2021 en el 6,2, una puntuación idéntica a la de 2008 y 1 punto por encima de la que se obtenía en los años centrales de la década anterior; mientras los informes internacionales señalan sistemáticamente que España es una democracia real, madura y plenamente integrada en el grupo de los países democráticos más asentados y evolucionados; por otro lado, la opinión pública española, como reflejan recientes datos del CIS, es más crítica que nunca con los políticos y la política, llegando a suponer una preocupación grave para más de la mitad de la población, por encima incluso del paro y por encima de cualquier otro problema económico o social. No están fallando, por tanto, las instituciones democráticas, pero sí estamos fallando, esa es la percepción al menos, sus representantes.

La democracia es institucionalidad. No hay democracia sin respeto por los procedimientos, por la separación de poderes, por el imperio de la ley y, en definitiva, por nuestro Estado de Derecho. En este sentido, nuestro diseño institucional es sólido. Así se recoge en el informe. Pero institucionalidad supone también respeto por el funcionamiento correcto de dichas instituciones. Supone cuidarlas y prestigiarlas cotidianamente. Ya lo decía Francisco Tomás y Valiente en el discurso de su despedida del Tribunal Constitucional, pronunciado el 8 de julio de 1992: “Las instituciones ganan o pierden prestigio por lo que hacen, pero también por lo que con ellas se hace”. Esta reflexión, que el que fuera presidente del Tribunal Constitucional aplicaba al Alto Tribunal, se puede extender al conjunto de instituciones democráticas.

Todas las instituciones se ven afectadas por lo que los representantes hacemos con ellas y hacemos en ellas. Porque, no lo olvidemos, toda democracia es representativa; es decir, sin representación no hay democracia. Por eso, precisamente, soy una firme defensora de las instituciones pública, de las instituciones democráticas, de las instituciones representativas, porque ello supone defender firmemente la propia democracia. Por eso, los representantes tenemos una responsabilidad tan grande, hemos de ser ejemplares ante nuestra sociedad, porque somos el instrumento a través del cual se desarrolla, e incluso se percibe, la democracia. Siendo esto así, cuanto más y mejor nos esforcemos en ejercer nuestra responsabilidad, cuantos más y mejores ejemplos demos con nuestro comportamiento, mejor servicio estaremos haciendo a la calidad de nuestra democracia. Por el contrario, si ejercemos la representación desde la polarización y el enfrentamiento estaremos poniendo en peligro el capital básico de los sistemas democráticos: la confianza; la confianza recíproca que nos mueve a cooperar, a aceptar sacrificios en beneficio del interés general; la confianza y la grandeza de reconocer la legitimidad del otro y la capacidad, por tanto, de llegar a acuerdos y consensos.

Es notorio que en lo que va de legislatura hemos padecido demasiado este segundo tipo de política, la de la confrontación y el disenso. No es un fenómeno exclusivamente español, y ya hace algunos años que se sitúa en el centro del debate de muchas democracias avanzadas, principalmente en Estados Unidos. Pero que esté generalizado no es ninguna eximente. Hace el fenómeno incluso más preocupante. En política democrática es saludable el debate sobre el disenso. Si todos tuviéramos la misma escala de valores y de prioridades, y el debate político se ciñera a alabar nuestras coincidencias, no estaríamos en una verdadera democracia.

Pero en una sociedad democrática no todo puede ser disenso ni este puede justificar la pérdida del respeto al adversario político. Y, sobre todo, no puede significar la pérdida del respeto a las instituciones que este adversario político representa. Esas líneas rojas se cruzan con demasiada frecuencia en la política española, y de ahí el grado de rechazo que despierta en la ciudadanía. En definitiva, los representantes podemos hacerlo mucho mejor. Podemos plantear nuestras diferencias en gran parte de los asuntos públicos, pero también coaligar esfuerzos y cooperar en materias transversales en beneficio de la ciudadanía.

Podemos combinar nuestro disenso en líneas políticas determinadas con un cierto consenso político-institucional en torno a la legitimidad de las opciones ideológicas y la alternancia en el poder. Podemos plantear los debates expresando con total libertad que opinamos diferente sin faltar al respeto al adversario ni a las instituciones que representamos. En conclusión, podemos optar por ser un factor positivo en la configuración de nuestra democracia, en lugar de uno disruptivo. Se lo debemos a la ciudadanía que nos elige para uno de los mayores honores que se pueden concebir, que es representarlos. Informes como el que hoy presentamos, así nos lo advierte.

Enhorabuena de nuevo a la Fundación Alternativas por hacerlo posible. Muchas gracias. 

 

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