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Portabella resalta el problema catalán en un discurso sobre la Constitución en Valladolid

Portabella, a la derecha, junto al ministro Guirao (centro) y varios asistentes.

17 diciembre 2018

Pere Portabella, presidente de la Fundación Alternativas, participó en una jornada conmemorativa del 40 aniversario de la Carta Magna desde la óptica de los creadores y gestores de la cultura, en el Teatro Calderón de Valladolid. El evento, titulado ’40 años de Constitución. 40 años de cultura’, contó con la presencia del ministro de Cultura, José Guirao; el alcalde de Valladolid, Óscar Puente; y la consejera de Cultura y Turismo, María Josefa García Cirac.

Portabella realizó la conferencia inaugural. En su discurso, el escritor y director de cine se refirió el problema catalán. A su juicio, existe una crisis territorial de Estado que pone en cuestión la permanencia o no de Cataluña como autonomía en las condiciones actuales, y destacó la situación insostenible de los cientos de personas imputadas, encarceladas, exiliadas o en huelga de hambre. Para Portabella es necesario el diálogo y la negociación hasta la extenuación para dar una salida política a la situación.

Por otro lado, Portabella también reivindicó que la cultura debe recuperar su dimensión política, una redefinición de los criterios de las ayudas públicas y una mayor transparencia en su gestión, y la creación de un buscador cultural europeo. Todo ello dentro del objetivo de crear las bases de un demos europeo democrático real.

A continuación, un resumen del discurso de Pere Portabella:

¿Tiene sentido plantear la política desde el ámbito de la cultura? Sí, cuestionando el sentido mismo de estas dos palabras usándolas más allá de la cuestión cultural, pública o privada, que administran bienes y productos considerados culturales. La cultura no es un producto a vender ni sólo un patrimonio a defender. Es un espacio para la actividad vital, plural y conflictiva con la que damos sentido al mundo que compartimos y en el que nos implicamos apuntando a la necesidad de “desapropiar la cultura” para hacer posible otra experiencia del “nosotros”.

Pero si la cultura es el espacio vital más significativo capaz de pensarse a sí mismo, ¿cómo darnos esta posibilidad? ¿Cómo tomar este desafío conflictivo? ¿Y cómo hacerlo sin quedarnos al margen sino haciendo de ello un problema común? Las crisis tienen la virtud de ser reveladoras. La crisis global actual nos ha puesto en evidencia. La cultura permaneció en silencio durante las décadas en las que se aceptó acríticamente que no había límites, que todo era posible. La cultura ha sido convidada de piedra ante las políticas de austeridad que han llevado muchos países a una crisis social profunda, y han mandado a millones de personas a la exclusión.

Y la cultura no ha tenido respuesta ante unas formas de comunicación y relación que han dejado de lado la información, como ha explicado Tzvetan Todorov: el contacto directo, de tú a tú, que da riqueza a la experiencia. La ideología dominante, que considera que todo tiene un precio y que la capacidad normativa la tiene la economía, desocializa, rompe el vínculo social, remite a las personas a su estricto ámbito familiar de cercanías. Las nuevas tecnologías, con la relación virtual, marcan un alejamiento, una distancia de la que todavía no sabemos las consecuencias culturales y antropológicas.

La cadena del consumo, como afirma Bernard Stiegler, nos quita la líbido y solo nos deja la pulsión. ¿Qué somos los humanos en la relación con el otro si perdemos la empatía? La cultura no ha sido capaz de abrir el horizonte que han cerrado la política y la economía. Vivimos en un presente continuo, sin pasado (tradición), ni futuro (proyecto). Y la palabra de la cultura no se oye en ninguna parte, reducida cada vez más a una opción ornamental.

En este sentido, la cultura debe recuperar su dimensión política. La promiscuidad entre industrias culturales, inversores y programadores artísticos genera una superestructura de alcance mundial que somete a los creadores a un cedazo de subvenciones y retornos de capital, dejando jirones de creatividad por el camino: el mercado no puede ser el único indicador cultural. Hoy la periferia es el espacio donde la creatividad es expansiva.

¿Qué prácticas e ideas de artistas, científicos y pensadores refuerzan una conciencia europea entre ciudadanos y desarrollan sentido de pertenencia compartido? En principio todos aquellos que no son excluyentes por principio. Pero sobre todo las que ayudan a relacionarse y a conocerse mejor unos y otros. El problema del continente no está en la diversidad cultural, que es mucha y hay que mantenerla, aunque sin miedo alguno a la mezcla y al mestizaje, el problema es la endogamia de las culturas europeas: la tendencia a vivir cada una ensimismada en su marco nacional.

En la propuesta de una nueva narrativa no cabe el menor gesto de paternalismo institucional. Se trata de abrirse, de dialogar, de generar espacios de encuentro. Un proceso de osmosis en doble sentido. Devolver al sufragio universal su valor original. Es el momento procesal esencial en el que se constituye el sistema de representación democrática de los ciudadanos para la gobernanza de los intereses colectivos de la comunidad. La nueva narrativa debe ser un llamamiento a la implicación ética y moral de los europeos como protagonistas.

Las constituciones europeas deberíamos plantearnos a fondo una revisión crítica de los tratados que suscribimos entre todos. Son muchos los vacíos que ponen en evidencia la falta de unas estructuras supranacionales que permitan una gobernanza más adecuada para los ciudadanos en el conjunto de la Unión Europea y en relación al mundo global.

Para que eso sea posible hacen falta canales de comunicación: una verdadera red de distribución de propuestas culturales entre los países (y, por tanto, de ciudadanos a quienes les interese y que la hagan posible); unas políticas capaces de entender que la cultura es un bien de primera necesidad (y que no se puede dejar todo en manos de las industrias culturales), y un protagonismo en la red que pasa por una prioridad: UN BUSCADOR CULTURAL EUROPEO. No puede ser que, impunemente, dejemos que Google y compañía sea el intelectual más influyente del mundo, el que marca los caminos a la inmensa mayoría.

Los avances en los cambios estructurales no provienen de la promiscuidad de las tecnologías, sino del uso y el para qué, cómo y para quién, en un proceso de millones de personas consumidoras a destajo hasta la adicción y usuarios exigentes por intervenir con el deseo y la voluntad de participar, crear, compartir y clonar, sin disociar el reto de los nuevos lenguajes de ruptura artística, de las expectativas de cambios más amplios. Nuevos recursos narrativos, nuevas técnicas para la creación, nuevas formas de visionado y una demanda incesante de imágenes en nuestra sociedad. Estaríamos hablando de la sustitución del valor de la posesión por el valor del uso. Es un buen síntoma en la buena dirección, para un movimiento social que busca transformar las cosas: articular arte y política.

Simplemente se trata de ver de otra manera y mirar de frente los imprevistos, siempre atentos al azar. Librarnos de las instantáneas que ocupan el lugar de la experiencia, retenidas y secuestradas por la memoria. Europa tiene un déficit democrático. Entre la legitimidad tecnocrática de los expertos y la relación de fuerzas que determina los tratados entre estados, apenas queda espacio para la participación de los ciudadanos, para la legitimidad democrática. Se ha construido un espacio económico; hay que construir un espacio social europeo. Y la cultura tiene mucho que decir en este terreno. Hay que entender el espacio europeo como un espacio fundamentalmente compartido. Y ahora no es así.

Y que la política cultural no es sólo un sistema de ayudas económicas y subvenciones. El complemento de todo esto sería una redefinición de los criterios de las ayudas públicas y una mayor transparencia en su gestión, para desvanecer la idea de que la política cultural europea es sólo cosa de lobbies y de un entramado burocrático alejado de la creatividad real.

El arte tiene una función política que necesita de posicionamientos éticos claros. La práctica artística ha de convertirse en una muestra de ‘resistencia’ a un modelo que pretende mantenerse con obstinación en un espacio de relaciones cada vez más jerarquizado, difuso, globalizado y estandarizado. Esta distancia estratégica es fundamental con respecto al poder, lo detente quien lo detente. El grado de adecuación no solo ha de ser medido en datos cuantitativos de asistencia o beneficio económico, sino en la capacidad de responder a procesos vivos de construcción social. Es decir, la Europa política no será verosímil sin un espacio pluricultural europeo, que ponga en contacto la diversidad cultural del continente. Un impulso y un entusiasmo que desencadenó la empatía entre los ciudadanos que refuerzan su cohesión social y los vínculos de pertenencia y convivencia.

Hay que empezar a pensar en el largo plazo para decisiones y soluciones europeas. A corto plazo siempre y después de una suite interminable de cumbres a toda prisa, se deslizan ocurrencias en forma de propuestas paliativas que prolongan irresponsablemente el tiempo agónico de la Unión Europea. Desde la necesidad de una revisión crítica en profundidad de las Constituciones y tratados de la Unión Europea que probablemente requerirán reformas serias, cabe prestar especial atención, entre nosotros, el proceso soberanista catalán. El proceso catalán genera una crisis territorial de Estado que pone en cuestión la permanencia o no de Cataluña como autonomía en las condiciones actuales y opta o propone ser un Estado propio en forma de República, es un problema político de Estado complejo y complicado que hay que abordar desde su complejidad en el espacio institucional entre todos.

Cuando la respuesta es fundamentalmente la aplicación pura y dura de los recursos coactivos y punitivos del Estado, se retroalimenta el conflicto y se alejan las posibilidades de una solución acordada, acorde con la ciudadanía de un Estado democrático: diálogo y negociación hasta la extenuación sin olvidar el shock emocional e insostenible de centenares de personas imputadas, encarceladas, en el exilio o en huelga de hambre.

Lo que se consigue poniendo en duda un referéndum es alejar a la ciudadanía del derecho democrático a quién corresponde tener la última palabra aunque sea para delegarla. Detrás del cuestionamiento de un referéndum hay un paternalismo insoportable, sencillamente el de que la gente no está preparada. La afirmación de unos lazos culturales europeos, aunque sean débiles, del tipo de relación con el pensamiento y con la creación, es muy importante para poder seguir avanzando en la configuración de un verdadero demos europeo. Un espacio cultural compartido es la base de la responsabilidad compartida (Tony Judt) que debería ser la idea capital de la convivencia europea en la línea de los deseos multitudinarios de un futuro compartido que nos permita no avergonzarnos al mirarnos en el espejo de la biodiversidad. Esta es nuestra fuerza.

Pere Portabella

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