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Elena Rosillo: 'El ocio nocturno ha sido utilizado como chivo expiatorio de la pandemia en los medios de comunicación'

La Fundación Alternativas presentó el documento 'La cultura de salas y su repercusión en la juventud'

 

21 diciembre 2020

La Fundación Alternativas organizó este lunes la presentación virtual del documento de Estudios de Progreso titulado ‘La cultura de salas y su repercusión en la juventud. Causas y efectos de su colapso durante la crisis del coronavirus en España (marzo-octubre 2020)’, de Elena Rosillo, periodista y programadora cultural. La autora aborda cuestiones de mucha actualidad. Su objetivo inicial se basaba en poner sobre la mesa las cuestiones que habían provocado la decadencia de la cultura relacionada con las salas de conciertos en España desde su nacimiento. Cuestiones relacionadas con un sinfín de tipologías de licencias, una sobre-regulación del sector (precedida por una desregulación de la industria musical), así como la existencia de estereotipos perjudiciales ligados a la actividad de las salas de conciertos, horarios poco ajustados a la realidad social e incluso condiciones económicas perjudiciales para los músicos. Pero en este contexto de crisis sanitaria y económica, se pone de manifiesto que estos mismos factores han sido también parte del problema a la hora de proteger a un sector dañado y necesitado de iniciativas públicas que les permitieran mantener su actividad. Unas subvenciones que ahora no son ya necesarias, sino imprescindibles para que esta generación no llegue a ser testigo de la desaparición de un escalón tan importante en la industria musical como son las salas de conciertos de pequeño-mediano aforo.

Según Rosillo, desde que se inició el coronavirus, en España han cerrado “quince” salas, “cuatro” de ellas en Madrid; la perspectiva es “desoladora” y muestra no sólo la “devastación” producida por una pandemia mundial, sino también la “fragilidad” de un sector cuya idiosincrasia ha complicado más de la cuenta la “aplicación de medidas certeras” para su protección. La autora recuerda que, si no hubiera salas, el único “trampolín” para acceder a la industria sería “Operación Triunfo”. Rosillo aclaró que “el ocio nocturno ha sido utilizado como chivo expiatorio de la pandemia en los medios de comunicación”. Incluso se han podido llegar a observar campañas publicitarias en las que se “ponían en paralelo la imagen de un concierto y la de un hospital”, haciendo imposible no asociar el ocio musical con una “amenaza para la salud”. Para su informe, Rosillo ha creado la expresión ‘cultura de salas’, ya que no existe una “denominación adecuada” para hablar de la cultura asociada a las salas, que cuentan con cada vez “menos peso” dentro de la vida cultural de las ciudades, a pesar de la relevancia que tuvieron en España en el “tardofranquismo” y en “Movida madrileña”; e, incluso, durante sus orígenes, que se podrían remontar al final de la Guerra Civil, o antes, en referencia a las ‘cuevas’ y bodegas “dedicadas a albergar burlesque, cabarets y espectáculos flamencos a inicios del siglo XX”. 

Para Rosillo, la cultura de salas ha sido “menospreciada y se encuentra en una tierra de nadie, en la que se hace difícil mantener a flote un negocio que en ocasiones ni siquiera se considera como cultural”, regulándose en base a la industria hostelera en lugar de por un convenio propio (algo que sí ocurre en ciudades como Madrid o Barcelona, donde el tejido de salas se encuentra más consolidado). Un hecho que no resulta cómodo para ninguno de los actores implicados en su actividad: músicos, promotores, etc. Pero lo cierto es que la cultura de salas cuenta con una “historia propia” y representa el desarrollo de un tipo de espacios asociados a la música en directo como “arte recreativo”. Sin embargo, definir las salas de conciertos de este modo sería “quedarse cortos”. Las salas, desde su nacimiento y concepción tal y como se conocen en la actualidad, no sólo han cumplido una “función cultural, sino también social”.

La catalogación y consideración que han sufrido este tipo de espacios desde su mismo nacimiento también es objeto de controversia. Una de las primeras regulaciones ambientales en las que las salas se encuentran -prácticamente por vez primera- incluidas, contiene su actividad como parte de las definidas como “molestas, insalubres, nocivas y peligrosas”. Puede deducirse, gracias a estos cuatro adjetivos, que poseer o regentar una sala de música en directo no era algo de lo que se podría “presumir” en una reunión en sociedad; que sus asistentes partían de un “estigma considerable” de cara a la opinión pública; que el ocio nocturno, así considerado, se encontraba en la más profunda “precariedad”, y que esta precariedad traía, y aún trae consigo, unos “tratos oscuros, desregulación y vulnerabilidad”. Dadas estas razones, se puede llegar a afirmar que la cultura de salas ha sido “menospreciada”, a pesar de constituirse como la única puerta de entrada de “grupos noveles y emergentes en la industria musical nacional; un sector que mueve más de 237 millones de euros según el informe anual de Promusicae de 2018”.

Por otro lado, Rosillo sostuvo que “las administraciones públicas parecen encantadas de apoyar eventos puntuales como los festivales o los grandes conciertos, mientras que las escenas locales no parecen gozar de las mismas facilidades”. Es más, es muy habitual escuchar “quejas” tanto de los empresarios de las salas pequeñas como de los músicos, sobre las “dificultades” que las regulaciones municipales y las actitudes políticas ponen para mantener un circuito de música en directo.

TRIBUS URBANAS

Sin embargo, durante la “época franquista”, el negocio de las salas se sostenía en parte gracias a la necesidad de las tribus urbanas por “encontrar un lugar de protección frente a la normatividad”.  Se hacía necesaria la existencia de “lugares a los que acudir y en los que poder desarrollar una cultura underground”. Excluida la nueva canción de los circuitos de comunicación de masas, su público receptor quedó restringido a “universitarios, hijos de una burguesía media-alta o alta, y a una minoría intelectual”.

En España se organizan al año más de 900 festivales de música, según datos de 2018. Mientras, el número de salas de conciertos existentes (con datos del año 2017) es de algo más de 500 para todo el Estado. A la larga, el éxito de eventos puntuales como los festivales perjudica el afianzamiento de escenas locales compuestas por salas de conciertos con programación continua.

El informe concluye que es necesario cambiar la percepción que tienen las administraciones públicas y la ciudadanía de las salas de conciertos. En estas salas existe una plantilla profesional que trabaja en distintos departamentos: programadores, gestores, administrativos, técnicos, personal de seguridad, encargado de sala Djs, camareros, personal de limpieza… El hecho de que una sala de conciertos opere de noche hace que para muchos pueda ser un “lugar sospechoso, cuando no es más que un espacio de trabajo que ofrece una programación estable de conciertos con una plantilla de trabajadores”.

También participaron Inma Balleteros, directora de Cultura y Comunicación de la Fundación Alternativas; Ana Alonso, portavoz del movimiento Alerta Roja; Marcela San Martín, programadora sala El Sol; y Marta Hammond, del grupo Sex Museum.

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